Agua de Manantial

 

 

Unas horas antes de que Marco y Margaret se conocieran, él había ido a descargar todo su estrés laboral en las tibias aguas de la piscina del Club. El nudo en el cuello tras trabajar largas horas en el ordenador se deshizo mágicamente. Y sin lugar a dudas para él no existía otro lugar en el planeta que le diera tanta libertad; quizás si lo hubiesen puesto a escoger entre ser un humano o un pez, hubiese preferido vivir aleteando día noche por las aguas azules del mar caribe.

El entrenador indicó que las prácticas habían llegado a su final. Los nadadores salieron del agua después de unas brazadas más, y Marco miró el reloj con pesar; le parecía increíble que el tiempo se hubiese acabado tan pronto. Fue a las duchas, y mientras se preparaba para enrumbarse a casa, en la urbanización Isla Verde, dónde él vivía, nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir; dormían plácidamente. Era una comunidad de personas de clase media alta en la que la que la mayoría de las mujeres solo eran amas de casa, y los hombres bebían cerveza los fines de semana durante el juego de softball comunal. Las casas tenían patios espaciosos para libre esparcimiento infantil, no había paredones entre una y otra, tan solo pequeñas cercas de madera.

En la vivienda de los Pineda Benavidez dormían los tres niños, su madre Ana, y una pareja de ancianos que eran los padres de Ana, pero Margaret su hija no; ella era una joven pianista, tenaz y alegre, que entusiasmada por hacer música permanecía despierta acariciando el piano con los suaves movimientos de sus dedos. Sin saber que en el patio, al ras de la casa, la bombona de gas escupía velozmente su contenido el cual a su vez se colaba por la ventana de la cocina, de manera que se acumulaba entre las cuatro paredes. Y como si al destino le encantará hacer bromas pesadas el bombillo de la cocina estaba por hacer corto circuito.

Marco había tomado el metro y le llevó veinte minutos llegar a la urbanización. Con pasos relajados desfilaba frente a sus vecinos cuando la explosión lo sacó de sus cavilaciones. El suelo se estremeció, tambaleándose. Volaron los vidrios de las ventanas junto a partes del techo de la cocina. Un tsunami de fuego sobresalía por la parte trasera de la casa, fulguraba como un manojo de hilos amarillos y rojizos. Sin pensarlo dejó caer su morral y corrió hasta la puerta principal, y golpeó llamando a gritos «Vecinos». Ellos eran nuevos en el vecindario y Marco no había tenido la ocasión de presentarse, pero sabía que era una familia grande. Se preocupó por los infantes y los ancianos. Tal vez alguno pudiese estar herido.

Margaret salió de su habitación manoteando; la humareda blanca había inundado la casa pero se quedó congelada en el pasillo frente a su habitación al reparar que el fuego arrasaba con las repisas, las vajillas, la nevera y todos los artefactos de la cocina. Además la puerta de la cocina estaba destrozada en el suelo y pronto el fuego seguiría avanzando.

Marco que había logrado meterse por una ventana, tropezó con ella.

—¿Te encuentras bien? —preguntó él.

            Ella era mucho más pequeña que él: un metro sesenta y uno de estatura. Sus rubios cabellos cubriéndole hasta el pecho, brillaban; y sus formidables ojos parecían ser dos ventanas a un paraíso.

—Sí. —dijo ella temblando.

            La señora Ana pedía ayuda con una tos que la interrumpía mientras hablaba. Ella y los niños dormían en una habitación contigua a la cocina, cuya puerta estaba atorada. Se acercaron deprisa hasta la habitación de Ana.

            —Señora tiraré la puerta por favor quédese al fondo —gritó Marcos y pateó con fuerza, luego otra y otra vez. Quizás la presión de la explosión había ganado ese efecto. Los niños lloraban y la señora Ana trataba de calmarles.

—Debo ir por mis abuelos —dijo Margaret aterrada en grito ahogado, y se echó a correr hacia la primera habitación de la casa.

El fuego devoraba la cocina, aproximándose con su insaciable hambre.

Margaret entró a la habitación de sus abuelos. Estaban en la penumbra, abrazados, con la calma que solo se desarrolla con el pasar de los años y la sumatoria de canas.

—¡Abuelos! —Exclamo abrazándolos.         

La luz de las llamas pronunciaba las sombras en la casa. El humo se coló como esos invitados indeseables, y los abuelos comenzaron a toser.

—Margui ¿Qué sucede pequeña? —preguntó con suave voz la abuela.

—Hubo una explosión y ahora la casa se está quemando, debemos salir de aquí rápido.

Los agarró a cada uno por un brazo y se dirigió a la entrada de la casa. Las llaves debían estar dónde siempre, pero el humo complicaba las cosas, tanteo hasta hallarlas, y en medio segundo estaba sacando a los abuelos. Un vecino descalzo con un pantalón corto con estampas de los Minions se aproximó corriendo para asistirla.

El abuelo preguntaba por su hija Ana y los niños.

—Un muchacho los está sacando abuelito. Vayan…Vayan con este señor. Ya vuelvo con mamá.

            Las sirenas del camión bomberil hacían un leve ruido y los vecinos de la cuadra observaban por las ventanas al atroz fuego levantado como si el propio Vulcano, dios del fuego, hubiese llegado.

Cuando Margaret se disponía a volver dentro se oyó un ruido en el interior de la casa lo que hizo que su corazón bombeara sangre con potencia. Imaginó a sus hermanos y su madre bajo los escombros.

Parte de la pared de la habitación de Ana se vino sobre ellos mientras salían al pasillo que daba con el comedor, y fue solo Marco quién recibió el látigo de la negra platabanda.

Ana salió corriendo con los niños, y Margaret se inclinó junto a Marco. Él estaba boca abajo con el brazo inmóvil pisado por el “monstruo” de cemento, quizás así pensarían los hermanitos de Margaret al presenciar tan horrible escena. Él tosía y gemía de dolor.

—Todo va a estar bien…. ¿Cómo te llamas? —le dijo ella muy cerca de su oído. Él volteo a mirarla, tenía un gesto de dolor.

—Marco… me llamo Marco —dando un pequeño gruñido e intentando moverse.

Las sirenas ya chillaban fuerte. Se veían las luces rojas aproximarse por la entrada del vecindario.

La habitación de Ana estaba consumida en su totalidad. Si iban a salir era ahora o nunca.

—Bien Marco intentaré levantar esto y tú sacarás tu brazo ¿Ok? —dijo ella decidida.

—Si —gimió él con dolor.

Margaret tuvo que restregarse los ojos pues le picaban por el humo, y sus pulmones estaban resentidos por la mala calidad del oxígeno.

Margaret tiró de la pieza de cemento con fuerza, sintió sus manos quemarse. Aquello estaba caliente. «Oh… Marco» pensó «No solo lo está lastimando sino también quemando». Sacó una descomunal fuerza que no sabía tener, y logró levantarlo. Marco haló su cuerpo adolorido ágilmente hasta sacar el brazo. Lo ayudó a levantarse y caminaron buscando la salida. La sangre emanaba de la mano de Marco y aquello parecía un amasijo de carne, tal vez no era tan grave… «Ojalá no sea tan grave», rogaba ella mientras lo sostenía por la cintura.

Dos hombres de amarillo y negro entraron con una camilla entre manos. Tomaron a Marco y luego de unos segundos se lo llevaron en la ambulancia.

Una lucha griega empezó entre el agua arrojada por las mangueras y las llamas de Vulcano, y cuando el fuego quedara como perdedor, la casa de los Pineda Benavidez estaba quemada hasta la mitad; pero eso era lo de menos, Marco había perdido la mano y aún no lo sabía.

 

 

En la sala de espera del hospital Margaret giraba sobre su muñeca el brazalete de plata que llevaba puesto. A su lado en la misma hilera de asientos estaba Daniel el hermano menor de Marco, tecleando algunos mensajes de texto para su novia. Los pasillos se veían bastante solitarios. Eran las seis de la tarde, un día después del incendio, y todos los Benavidez Pineda, incluso Margaret habían salido ilesos pese al humo inhalado. La cirugía de Marco había finalizado con éxito, y en breve Marco abriría los ojos. Margaret quería estar allí cuando eso pasara pero las enfermeras aún no le permitían la entrada.

—Pues yo no pienso quedarme aquí afuera toda la noche —le dijo ella a Daniel en un susurro.

—¿Y qué harás?

—Tú me ayudarás a entretener a ese par de enfermeras, mientras yo me cuelo a la habitación de tu hermano.

Daniel hizo un gesto de asombro y antes de que pudiera negarse ella suplicó “por favor”.

Él era un extraño espécimen, tenía ojos verdes y piel morena, siempre atraía miradas. Era mucho más alto que su hermano Marco, sin embargo no distaban mucho entre sí; Marco también tenía la piel morena y los ojos claros pero el color era una mezcla entre rayos verdes y grises, ambos eran delgados pero el mayor tenía la musculatura delineada, lograda durante años de natación. Caminó hasta el mostrador detrás del cual conversaban las dos mujeres de mediana edad.

—Buenas noches señoritas —dijo sacando su sonrisa irresistible— ¿Les puedo pedir un favor?.

            Margaret los miraba de reojo sin hacer ningún movimiento diferente al de unos minutos antes. Y cuando el hermano de Marco comenzó a sacarse algunas selfies con las enfermeras, quienes posaban muy monas frente a la cámara, ella sigilosamente logró su cometido.

            Dentro la luz estaba baja. Las bolsas con las soluciones farmacológicas colgaban del carrito móvil y las delgadas mangueras transportaban el líquido hasta la vía pinchada en el antebrazo de Marco. La estremeció el manojo de vendas al final del brazo izquierdo de Marco, parecía un guante de boxeo blanco, era notable el acortado brazo. Lo observó pensando que él podía haber muerto como su padre, quién había sido un bombero condecorado como héroe de la ciudad, luego que perdiera la vida en un fuerte incendio de una fábrica textil tratando de rescatar a diez personas que estaban en el sótano el cual se derrumbó instantes después de él entrar. Margaret miró nuevamente la mano mutilada, tenía una idea de la reacción de Marco cuando lo supiera. Respiró hondo, le acarició el antebrazo derecho para que sintiera su calor, su presencia y su fuerza.

 

            Marco empezó a moverse y pestañar, se sentía en uno de esos sueños en los que quieres correr pero no tienes la fuerza para mover el cuerpo, y todo parece una mala película del siglo XIX. Se topó con unos enormes y espabilados ojos mirándolo con emoción, los cuales reconoció de inmediato. Era la rubia angelical del incendio. ¡El incendio! Sí… Comenzó a recordar.

—Odio los hospitales —dijo él con decepción—. ¿Me ayudas a fugarme?

Margaret rió.

—Yo también los odio. Te prometo que nos iremos pronto pero primero dime ¿Cómo te sientes?

—Con ganas de nadar —cerró los ojos y se visualizó frente al mar en un día soleado—, y montar algunas olas en Choroní.

Ella no imaginaba si Marco sospechaba lo de su mano. Pero no tenía el valor de romperle la vida en un par de pedazos.

—¿Eres surfista? No me digas, cuéntame… Bueno si quieres hablar, no sé si te hará bien —dijo preocupada por él.

—Creo que es lo único que puedo hacer de momento ¿no crees?

Charlaron animadamente, dando un paseo por las pasiones de cada uno. Rieron y hasta se olvidaron del olor a fármacos. Ella le habló de cómo hacía música desde los cinco años de edad y el cómo nació nadando en un bonito parto de agua que su padre filmó. Luego él se durmió y ella junto a él.

           Al siguiente día los abuelos de Marco vinieron muy de mañana a verle, él aún dormía y ella aprovechó de ir a casa para tomar desayuno. Volvió al cabo de tres horas. Tiempo en que el doctor derrumbó los sueños de Marco como una torre de palillos chinos fustigada por la mano de un gigante. ¿Podría reconstruirse? Margaret empuño su mano derecha y se tapó la boca.

Entró a la habitación y él miraba los rayos del sol que pasaban hasta un sofá negro que reposaba al pie de la ventana.

            —Hola… ¿Listo para la fuga? Traigo un arma por si nos quieren detener los de afuera —dijo con una gran sonrisa. Marco volvió a girar a la ventana; serio, enojado y era comprensible su estado de ánimo— ¿Qué? ¿No me crees? —, continuó ella—. La tengo aquí en mi bolsa.

            — No eres buena mintiendo Margaret. Pero es muy amable que estés aquí junto al pobre lisiado.

            —Hey hey, espera…Aunque lamento mucho lo que te pasó no te tengo lastima. Vamos, la vida no acabó. Pudimos morir pero aquí estamos, y tengo que agradecerte —. Se acercó y le besó la mejilla suavemente. Quiso dejar sus labios allí por más tiempo pero su timidez lo impidió. El cálido beso hizo que Marco cerrara los ojos y diera un suspiro apenas perceptible por ella.

—No vas a comprarme tan fácil —le dijo él conteniendo la risa.

 

            La herida de la amputación había cicatrizado «satisfactoriamente» dijo el doctor.

            Algunos días Marco no quería ni verse el muñón, lo envolvía con una venda elástica, y trataba de ignorarlo pero el muy atrevido parecía hablarle con voz aguda: «Aquí estoy… Aquí… Mírame». Los primeros días cuando volvió del hospital se sentía como enlutado por la muerte de un familiar muy amado, y en cierta forma así era, había perdido una parte de sí mismo, y necesitaba tiempo para el duelo. Con los días comenzó a sentirse verdaderamente impedido, y se deprimió luego que un día en que quiso preparar panes tostados y huevos revueltos, se le quemara el pan y rompiesen todos huevos sobre la mesa. Para acabarla de hacer los gastos médicos generaron más problemas económicos en su hogar. La mayor parte del dinero llegaba a casa por el trabajo de Marco, ya que sus padres habían fallecido tres años antes en un accidente de tránsito, y él se encargaba de su hermano y sus abuelos. La compañía en la que ejercía el cargo de Programador informático encontró las maneras de despedirlo mediante una jugada sucia. Ahora la comida solo dependía de las pensiones de los abuelos y de algunos trabajos como freelance de Daniel.

Tres meses sin vida social, alternando entre el terapeuta, el psicólogo y el grupo de ayuda ¿Qué lo había hecho mantenerse de pie?. En la soledad de su habitación acabo descubriendo que no era un «qué» sino un «quién»: Margaret. Sí ella… Si la borrara de aquellos noventa días el resultado sería otro: se hubiera arrojado al vacío de la depresión y a las garras de la amargura y la desidia. Los ángeles sí existían y ella era uno. No había un día en que no le sacara una sonrisa así fuese con un pinza. Constantemente lo llenaba de energía y fuerza, tenía una luz que disipaba su oscuridad. Tocaba el piano para él. Le tenía paciencia. Lo hacía sentir completo.

A la siguiente noche el viento agitaba los árboles y el frescor invitaba a salir de casa. Margaret lo convenció de ir a la piscina en el patio de la casa, tan solo para meter los pies. Se sentaron en la orilla y mientras compartían la privilegiada vista de un cielo radiante salpicado por diminutos puntos dorados, él tuvo la osadía de robarle un beso. Parecía un niño de tres años conociendo colores, números, letras, palabras y significados. Ella era un manantial que recorría su alma y apagaba poco a poco el desaliento… y el miedo a continuar la vida. 

2 comments on “Agua de Manantial”

  1. Preciosa historia muy bien escrita y estructurada, con ese momentazo al final al borde de la piscina. 😉
    Un beso!!!!!!!

    1. Janna Bolriv dice:

      Jejeje Gracias Toni!!
      Me alegra que te haya gustado !
      Un beso !!!!!

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