Carta de Absolución.

Salman tenía la camisa adherida a su espalda debido al sudor. Había pasado tres horas manejando desde Nueva Delhi hasta Jaipur, para encontrar al hijo de Khan Ji, su defendido. Por una carretera atestada de camellos, vacas y un elefante. El clima desértico lo obligó a deshacerse de su formalidad. Se desanudó la corbata y se sacó la chaqueta.

Atravesó el bullicioso centro de Jaipur, entre el apilado tráfico, los transeúntes y tiendas, hasta llegar a la dirección. Sacó de su camisa un pequeño papel blanco escrito con bolígrafo azul y verificó. Era un callejón de paredes verdes desgastadas. Estacionó su Ford Festiva rojo en la entrada, y caminó hasta una puerta de madera.

Allí lo recibió una mujer de cuarenta años, con vestimenta típica color rosado, que lo invitó a entrar a penas se identificó como el abogado de Khan Ji, y luego fue en a buscar al muchacho.

—Amin, he venido a traerte una carta que tu padre te escribió —abriendo el maletín y sacando el sobre—. Lamentablemente será ejecutado en siete días, y no quiere morir sin saber que está en paz contigo.

—Agradezco su esfuerzo Señor Salman, pero mi padre es un asesino, y no puedo perdonarlo por confinarnos al repudió de toda la ciudad.

Aun así se quedó con la carta. Compartieron el almuerzo con Salman, y lo despidieron.

Al siguiente día Amin abrió la carta, sentado en la orilla de su cama.

«Hijo cuando naciste, tu madre y yo te llevamos al Templo. Eras nuestro primer hijo, y yo estaba inflado de felicidad, quería que fueras bendecido por nuestros dioses védicos. Ofrendamos flores, y cantamos, pero mientras nuestras rodillas permanecían hincadas en el suelo sagrado, tres sacerdotes se nos acercaron.

—Hermanos su hijo tiene la marca. Regocíjense porque Indra, Kesava, Rudhra y Varuna lo han elegido —Nos dijo uno de ellos, mientras los otros alzaban sus manos y sonreían con miradas demenciales.

—¿Y qué debemos hacer Sabios? —inquirí con voz quebrada.

—Un ritual de Yagna, y ofrecer a tu hijo al fuego divino. Gracias a él toda la humanidad será bendecida con paz y armonía.

Tu madre me apretó el brazo. Horrorizada. Y yo te aferraba sobre mi pecho.

Con la cabeza baja, accedí.

La noche del ritual los once sacerdotes vestidos de amarillo y sentados alrededor del altar, recitaron los mantras de invocación. Luego uno de ellos tomó dos rocas y las agitó hasta generar fuego sobre un montón de paja, y con ella encendió altar donde te quemarían, después de derramar tu sangre. Cerraron sus ojos, y prosiguieron con los mantras Rid-Veda. Pero cuando el sacerdote principal venía por ti, tomé la daga del altar y lo apuñalé frenéticamente; a él, y a todos los que intentaron acercársete. Asesiné a seis de ellos esa noche. Y no me arrepiento de ello».

Amin soltó las lágrimas, dejando ir de dentro de sí su gran tormento.

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