Ciudad X13

Imagen tomada de Pixabay.com

El sol parecía un niño tímido ocultándose por la izquierda, pintando el cielo con tonalidades rojizas y anaranjadas.
A ambos lados de la carretera se alzaba una alta y espesa hierba que parecía vigilarnos mientras nuestro vehículo pasaba. El viento soplaba sobre ella, encorvándola ligeramente.
Avisté tres casas dispersas entre los doscientos kilómetros recorridos; su madera estaba desteñida por el sol.
La vía tenía dos canales, y durante las dos horas de camino no había visto pasar ni un solo auto en el sentido contrario.
Yo venía de copiloto y mi hermana mayor, Marta, conducía. Ella siempre fue ruda, de brazos gruesos y manos masculinas; pero su dulce rostro lo contradecía todo.
En el asiento trasero parloteaban mis hermanas gemelas, Ana y Aneth. Las típicas adolescentes de diecisiete, idolatras de la tecnología. Protestaron desde que perdimos la señal en medio de la carretera.
Llegamos a la base de una extensa montaña y nos adentramos en una muchedumbre de árboles altos y boscosos. Era como estar en un túnel, asombroso pero intimidante.
Ascendimos, y luego de una curva en “U”, descendimos, saliendo de la arboleda. Me quité las gafas de sol, y saqué la cabeza por la ventanilla, divisando el anuncio: «Bienvenidos a Ciudad X13».
De pronto ya había oscurecido. El cielo se veía amoratado y la brisa fría me erizó la piel.
Un conglomerado de luces, nos avisó que se trataba de una ciudad pequeña, pero densa. Estaba rodeada de montañas, que a la luz de la noche parecían gigantes, arrodillados ante ella; uno al lado del otro.
Marta nos advirtió que papá le había secreteado varios cuentos de la ciudad, que ella los consideraba divertidos pero poco creíbles.

—Marta, y ¿si eran ciertas las historias de papá? —indagó Anna.
—De ser así nos pasaremos unos excelentes y divertidos días, cuidándonos el cuello —respondió Marta soltando una risita burlona.
—¡Ay Marta! —chillo Aneth, a manera de queja.
—Lo más sensato será que andemos alertas. No sabemos si papá tendría razón —dije con pausa y acentuadamente.
Las fachadas de las viviendas tenían un claro estilo gótico. Se observaban abundantes arcos apuntados, muchos tejados terminaban en aguja, y cada casa estaba forrada de ventanas. Me parecía haber realizado un viaje en el tiempo.
—¿Sabes cómo llegar a la casa Marta? —pregunté
—Tengo un leve recuerdo, es al lado de una capilla antigua.

La casa la heredó nuestra madre, y ahora nosotras. Cuando ella murió, papá enfermó de tristeza y al año siguiente murió también. Luego de cinco años nosotras decidimos regresar para pasar unas vacaciones.
Marta estacionó y bajamos. Una verja de metro y medio de alto, y maderas color blanco, rodeaba la casa.
A primera vista la casa parecía tener vida, y poseía el mismo pincelazo gótico que el resto de la ciudad.
Por la puerta de la casa se deslizo una mujer mayor, con el cabello largo, rizado y salpicado de canas; lo llevaba recogido en una cola a la altura de la nuca, y le caía en la mitad de su espalda. Se sorprendió angustiosamente. Bajó las cinco escalinatas casi corriendo, y caminó hasta nosotras que ya estábamos sobre la grama.

—Niña Marta ¿Es usted?—dijo sobresaltada, le faltaba el aire.
—Si nana Maite, no he cambiado mucho. Qué alegría verte. Ven para abrazarte—Maite se calmó y nos abrazó a todas, reconociéndonos de inmediato.

Una hora más tarde, cenábamos, alrededor de una mesa rectangular, en la entrarían unas veinte personas más. Nos disculpamos con la nana Maite por no telefonear. Ella había quedado a cargo de la casa por solicitud de nuestra madre, e insistía que no debíamos haber regresado, que era orden expresa de nuestro padre.

—¿Nana pero que razones tenían ellos para prohibirnos volver? —tomé un sorbo de jugo de frutas mientras la miraba inquisitivamente.
—Si nana, cuéntanos que te dijo papá. A mí me contó que Ciudad X13 no era el mejor para vivir, que había brujas —dijo Marta, bajando la voz al pronunciar la palabra «brujas».
Maite también bajó la voz.
—Niñas no puedo revelarles nada más. Las razones del Señor Ricardo eran en resumen la seguridad de sus hijas. Después de perder a su amada Elena lo único que quería era protegerlas. ¿Por qué lo desobedecieron?
—Papá nunca nos lo dijo llanamente nana. Jamás. Aunque ahora deduzco que nos quiso alejar—Marta soltó su cubierto el cual repico contra el plato de porcelana.

Anna dejó a la mitad una palabra pues un joven que apareció por la puerta, abriendo con su propia llaves. Su cabeza casi rozaba el marco de la puerta, su piel morena satinada llamó mi atención, y su gallarda figura.

—Él es mi nieto, Jack—dijo Maite. El joven inclinó la cabeza, parecía apenado y se sentó a la mesa.
Me desde un principio, tenía una mirada misteriosa, y me intrigaban las gruesas quemaduras que tenía en el cuello.
—Espero que no se queden por mucho tiempo —. Nos dijo con arrojo.
—Que mal tratas a las dueñas de la casa Jack—. Le contestó Aneth con una ceja arqueada.
—Debes tener un buen motivo para decir eso Jack—dije.

A mitad de la noche me senté en la cama pues escuché gritos que provenían de la planta baja de la casa. Las gemelas, que dormían a mi derecha en camas individuales, estaban sumidas profundamente, y Marta en la habitación contigua.
La luz de la noche atravesaba el ventanal de vidrio frente a nosotras, el silencio sepulcral me dejaba oír como unas ramas secas lo rasguñaban.
«Estoy segura que no fue un sueño».
Permanecí unos minutos sentada, mirando el pomo de la puerta.
Y cuando decidí subir los pies y meterme a la cama, los gritos me hicieron ahogar una palabrota.
«¡Anna! ¡Aneth! Despierten».
Abrí la puerta y mientras trataba de afinar mi vista, pues solo lograba ver sombras de los objetos, por las escaleras ascendía una bruma blanca y luminosa, que impactaba mi vista como agujas. El aire comenzó a heder, como si de pronto un animal se hubiera descompuesto, y los gritos comenzaban a mezclarse con una risita perversa y aguda.
Una mujer cadavérica que volaba sobre las escaleras, me dirigió su mirada al quedarse suspendida en el aire. Tenía las pupilas azules fluorescentes, hundidas en unas ojeras y párpados teñidos de negro. Reía, mostrándome sus dientes enlodados y sus labios color humo.
Marta salió aventada de su habitación con un hacha entre las manos, en guardia como lista para la lucha. Yo seguía paralizada.
La piel de la mujer estaba fisurada en varias zonas de su rostro. Su cabello negro azabache y espeso, le caía suelto sobre los hombros y la espalda.
Tras ella un par de mujeres de la misma especie, pero rubias, sostenían a la nana Maite, desmayada. Se detuvieron suspendidas a la altura de la cúpula que tenía el techo, la cual terminaba en un pico y una pequeña ventana de vidrio.

—¿Qué demonios quieren brujas? —gritó Marta, mirándolas.
Mi hermana sabía que eran brujas, yo ni remotamente lo había pensado.
—Quiero vuestra sangre —sentenció la bruja y su voz llenó el lugar por completo. Parecía chocar en las paredes y clavarse en mis oídos. Sentí como la cara se me calentaba— Elena creyó que sus esfuerzos serían suficientes y que vosotras no volverían a X13. Pero helas aquí.

Las otras brujas rieron, y sus risas eran más guturales y graves.
Las gemelas se frenaron bruscamente en la puerta, podía sentir como temblaban mientras sus manos me sujetaban los hombros y la espalda. La bruja prosiguió, señalando a la nana con sus largas y afiladas uñas, dijo:

—Esta bruja blanca ya no podrá protegerlas.

Las otras brujas dejaron caer a Maite. En sus miradas dislocadas vi como disfrutaban el rápido impacto del cuerpo, con el inicio de la escalera en la planta baja.

—Vosotras sabréis como llegar a la Montaña Dels Dimonis, la noche de luna llena, al atardecer. Su adorada madre estará allí, y les aseguro que “muere por verlas”.

Las tres brujas, una detrás de la otra, agitaron sus vaporosos vestidos negros, y volando, salieron a través de los ventanales que un segundo antes habían explotado hasta hacerse añicos. La brisa gélida entró con fuerza, y la luz que ellas desprendían las siguió.
Nuestro viaje se llenó de incógnitas dolorosas. La nana era la que tenía las respuestas pero ahora respiraba débilmente en la sala de hospitalización.

Mis hermanas, Jack y yo, subimos a la Montaña Dels Dimonis. Jack sabía dónde estaba la casa de la brujas. A mí me parecía haber estado allí antes. Reconocía los árboles, el sonido de las aves que cotorreaban, los ojos de los ciervos que se nos cruzaron en el camino, y el olor de los sauces que cubrían la parte alta de la montaña.
El sol pareció huir y dejar a la luna llena presenciar lo que vendría.
Cuando pisamos el pico de la montaña, en una zona desértica, una hoguera de ocho metros se encendió. Mamá se encontraba cercana a la hoguera, atada a un tronco un poco más alto que ella; con un vestido de blanco y mirándonos con devoción «¡Hijas!». Después de haberla creído muerta, allí estaba, pero quizás no por mucho. Me preocupaba que a sus pies tuviera colocado un montículo de paja seca.

Pero ¿qué fue lo que mi madre les hizo a ellas?

Seis de brujas llegaron volando, cada una más horrenda que la otra. Desgreñadas y mefíticas.Las gemelas corrieron hacia mamá, pero una mano invisible las detuvo, tirándolas al suelo. Era la bruja reina que lo había hecho con tan solo un gesto de su mano.

—Qué puntuales sois pequeñas vírgenes —vociferó la bruja reina. Las otras comenzaban a aterrizar alrededor del fuego —. Debéis saludar a su mamita de lejos.
Jack permanecía oculto entre la penumbra de los árboles. Él era nuestra esperanza. Era un cazador.
—Ahora las hijas de la última bruja blanca de Ciudad X13 servirán para abrir la puerta de la terrible peste con que la castigaremos.
Marta, Jack y yo llevábamos espadas de acero bendecido, que destilaban fuego cuando la empuñábamos contra una maléfica bruja. Jack traía dos, y una daga especial para la reina.
—Traedme a las dos más jóvenes —. Ordenó chillando, y dos brujas apresaron a Anna y a Aneth.

Jack esperó a que caminaran hasta la reina y salió. Nuestras espadas de fuego flameaban sobre el aire antes de comenzar a cortar la carne pálida y putrefacta de las brujas. Su sangre era grisácea.
Las otras se abalanzaron hacia nosotros. Marta y yo nos hicimos cargo de ellas, y Jack de la reina, quien con sus dientes negruzcos amenazaba en agujerarle el cuello. Los músculos de Jack se veían tensados, luchaba por mantenerla distante de sí. La daga se le había caído en la arena polvorienta.
Marta dio una estocada final a su contrincante, y corrió a por la daga, pero al aproximarse la reina soltó a Jack, y le clavó la mirada fluorescente y demencial.
Jack no perdió la oportunidad, tomó la daga se la hincó en el corazón.
Los quejidos escalofriantes de la bruja reina silbaron en toda la montaña. Luego se desvaneció.
Busqué a mamá en cada rincón de ese bosque, pero terminamos por entender que todo había sido un espejismo de las brujas para traernos a sus garras.

2 comments on “Ciudad X13”

  1. Shin dice:

    Ha sido un relato intenso. Me gustaría leer más.

    1. Janna Bolriv dice:

      Gracias por leer Shin 😀
      Me gustaría continuarlo !!!

Y tú ¿Qué opinas?

A %d blogueros les gusta esto: