Coraza Rota

Esta imagen pertenece a Skrzydlata en Deviantart.com

 

A diferencia del resto de la casa en aquella habitación la temperatura era invernal. La luz de una bombilla iluminaba tímidamente los objetos allí dispuestos, dejando a las sombras abrazarse a la mitad de ellos y alargarse como bailarinas sobre el suelo mientras el viento balanceaba el farol.

Afuera la luna llena bañaba el mar de sepulcros y cruces de diversos tamaños.

Augusto quien se hallaba reclinado sobre una silla de madera era un enterrador y cuidador de aquel camposanto desde hacía veinte años. Época en la que llegó al pueblo con Diana, recién casados y deseosos de empezar una nueva vida.

Acostada en la cama matrimonial estaba ella, ataviada con un vestido rosa que dejaba a la vista sus extremidades escasas de carne y recubiertas por una piel casi transparente. Él se aferró a la cintura de ella y se recostó a su lado hasta perderse en una ensoñación tan negra como la muerte.

Al aparecer los primeros rayos del sol ya la cafetera colaba, y Augusto se encontraba preparado para la jornada del día.

«Mi amor, te dejo el café listo para cuando te apetezca. Hoy tengo dos sepulturas y una exhumación, pero prometo estar aquí para el almuerzo. Te amo…».

Tras de él, al fondo, se podía ver a su mujer arropada en la cama.

Abrió la puerta y Yuno —su viejo San Bernardo— lo esperaba agitando la cola. Se alejaron adentrándose entre los angostos pasillos del camposanto, mientras dos ángeles con rostros angustiados, los ignoraban.

Entierro tras entierro Augusto se había construido una coraza para contener aquellos sentimientos grises que afloraban en su oficio, al grado que se sentía como un monstruo para el cual el dolor ajeno no era más que rutina. Los familiares del muerto lloraban, gritaban frases que le partirían el corazón a cualquiera menos a él, y cuando lanzaba la arena encima del ataúd el lamento parecía la turbina de un avión en despegue, y al finalizar el silencio reinaba imponente.

Desde la parte trasera de la casa se deslizó Hermes, su colega y mejor amigo. Buscaba entender la extraña normalidad con la que Augusto le contestaba: «Todo está bien», esbozando una sonrisa. Agarró la copia de la llave que se encontraba dentro de un matero de sábila colocado sobre una repisa que decoraba la entrada, y apenas abrió la puerta un olor le arremango el rostro. Hedor que reconocía como la palma de sus callosas manos.

Diana llevaba siete días sepultada, y Hermes mismo había ayudado a bajar el ataúd hasta su hoyo.

—¡¿Hermes?! —. Irrumpió Augusto exaltado.

Hermes estaba paralizado frente a Diana quien tenía los ojos hundidos en el cráneo, y los labios amoratados.

Hubo un sepulcral silencio hasta que Hermes intervino con voz certera:

—La muerte es real. La hemos visto aquí por años… Ya Diana se fue amigo mío.

—Esto no me lo esperaba—. Se dejó caer de rodillas entregado a un llanto que parecía tener engavetado por años.

2 comments on “Coraza Rota”

  1. Iván dice:

    Wow!

    Suele perderse el sentido de la realidad.

    Suele el hombre enloquecer de manera inexplicable.

    Todo es posible de pronto.
    En este mundo… cualquier cosa es posible.

    Un gusto, Janna.

    ***

    1. Janna Bolriv dice:

      Jejeje y a veces la realidad supera la ficción 😛
      Todo es posible .
      Saludos Iván!

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