Declaraciones de un Cazador.

Imagen: Demon eye by Treehousecharms.

Ya está cerca la hora en que mis amigos y mis enemigos vendrán por mi. Ya veremos qué lado vence. Serví durante mi vida entera al Bien, unos cincuenta años para ser exactos; no me casé ni tuve hijos, me dediqué a fastidiarle la vida al Mal. Yo era como un hacha afilada cortando troncos secos. Ahora que estoy a un paso de encontrarme con la muerte, no me queda más que recordar aquellos días de gloria en los que empecé a ejercer mi… profesión.

En aquel entonces la adrenalina borboteaba por mi piel con las llamadas de los “clientes”.

Era 1955, recién me había mudado al Bronx, Nueva York, una ciudad plagada de racismo y violencia. Sin duda sabía que me encontraría con una olla hirviendo. En plena Era del mambo, recién cumplía mis veintitrés años, tenía un grueso conocimiento sobre demonología y hechos paranormales. Llevaba la camisa siempre por dentro de mis pantalones acampanados en el ruedo, encima un chaleco abotonado, una correa con hebilla de plata, el cabello engominado hacia atrás y, la barba tupida, pero bien redondeada.

Mi interés por lo espiritual fue tejiéndose como una red de hilos de seda desde que era niño, y vivía en Puerto Rico. Asistía con mis padres —importantes Testigos de Jehová— a sus largas estadías en el Salón del Reino. Recuerdo vívidamente que cuando tenía siete años al templo llevaron a rastras a una mujer pálida, marcada con rasguños rojizos en cuello, brazos y rostro; su cabello negro moteado por remolinos realzaba su delirante y violenta actitud. Seis hombres la sujetaban pero parecía como si en cualquier instante se les escaparía y, mordería hambrienta, los cuellos de todos los puritanos allí presentes, quienes se habían puesto de pie para mirar la escena, posando sus ojos de repugnancia e indolencia sobre la enardecida mujer, en lugar de sentir piedad como Dios demanda de nosotros. Luego pidieron que la retiraran de la Casa de Jehová.

Casos como ese se repitieron por años en ese templo, y los atormentados por espíritus oscuros nunca encontraron la paz.

Al cumplir la mayoría de edad le dije a mis padres, quienes querían que yo fuera médico, que sería algo muy parecido, que sanaría almas. Fue así que me convertí en un Cazador de Demonios.

A dos semanas de mi llegada al Bronx recibí una llamada, fue mi primer caso neoyorquino. La mujer al otro lado de la línea susurraba con voz afónica, suplicaba por mis servicios. En mi libreta de tapa de cuero marrón agregué las notas necesarias, salí a toda prisa después de tomar mis armas. La noche arropaba silenciosamente al conjunto de edificios recién construidos en el norte de la avenida The Grand Concourse. Me recibió la mujer que me citó. Parecía tener unos veinte años de edad; ojos achinados, y nariz levemente deformada en la punta, como la de un boxeador con muchas peleas en su haber. Me señaló a un joven como de su misma edad, sentado en un sofá, mirando la TV, sumido en un trance. Ella dijo que su actitud violenta era incomprensible.

Revisé mi medidor de energía electromagnética, y la presencia demoníaca disparaba la aguja por completo hasta la derecha. Me acomodé en una silla de madera a unos tres metros del distraído joven.

—Los Yanquis están haciendo papillas a los Medias Blancas, esperemos que sigan jugando así hasta el final de la temporada —. Mi voz pareció incomodarle. Me miró con la esquina del ojo y me preguntó que quién era y porque estaba allí. Después de explicarle que su esposa me pidió que lo ayudara con su insomnio, le pregunté —: ¿Cuándo empezaron las pesadillas?

—Hace tres días estuve en un puto culto de una fraternidad de la universidad. Debí estar descerebrado para querer unirme a esos malditos locos. Hicieron un ritual en el que una mujer dio a luz frente a todos y su bebé fue cortado desde la garganta hasta el ombligo y su sangre servida en copas de plata. Huí como pude —. Hizo una pausa— Esa misma noche tuve mi primera pesadilla, siento que me acechan, me susurran cosas inentendibles, especialmente en mi habitación.

Mentía.

—Dejémonos de charlas —me levanté sacando de mi maletín un frasco pequeño con agua bendita, y la desparramé tres veces sobre él —. ¡Revélate a mí, demonio! Dime tu nombre.

Las manos se le torcieron como garras, rígido y hundido en el sofá.

—Tú a mí no me ordenas nada puto insignificante negro —masculló con voz profunda y sentenciadora.
Las luces de la sala pestañaban, y la TV se precipitó sobre la alfombra roja del suelo.
Con El Libro en mi mano derecha y el crucifijo de madera de sauce en la izquierda, repetí la oración de redención. Sus ojos parecían desprenderse de sus orbitas, las pupilas color petróleo se expandían sobre todo el iris. La vibración del sofá movía su fornido y pesado cuerpo como si fuera una pluma.
Continué repitiendo.
Un caño de vómito bañó su pantalón, y con el labio superior ensanchado hacia arriba en un rictus de ira, mostraba sus dientes.
—Me llamo Dangrek y ¡Te mataré mierda decrepita! A ti junto a toda tu familia.
Los demonios son buenos hablando, se valen de la intimidación, pero a mí solo me atemorizaba la maldad que infringían sobre los débiles.
En 1969, Dangrek regresó al plano terrenal, mientras yo estaba en Haití, donde trabajé quince años. Mi antiguo enemigo se divertía hostigando a un poblado llamado Septeno. Dangrek era controlado por una mujer que practicaba vudú clandestinamente. Su captura se dio luego que veinte embarazadas fueran asesinadas cuando les arrancaban el feto del vientre.
—¡Craig Romero! Negro infeliz, tu otra vez, ¿quieres regresarme al aburrido infierno? —Reía roncamente—. Llevo días burlándome de ti. Me llevé la vida de esos pequeños inocentes, y fue una gozada.
Las palabras de Dangrek salían de la hechicera, torcidas, estremeciendo la choza de hojarasca. Sus ojos eran como dos lunas llenas.
Apague mi cigarrillo.
— Dangrek, sabes bien que no soy hombre de muchas palabras. Solo te diré que hoy si te enviaré a las profundidades del infierno, y esta vez será para siempre.

Sin duda cumplí con mi palabra.

Mi última lucha fue bestial, me enfrenté a una legión de demonios que tenían infestado un hospital siquiátrico, pero esta vez hubo graves consecuencias; esos malnacidos me arrojaron del séptimo piso, y ahora respiro por estas mangueras, conectadas a un aparato que controla mis signos vitales….
Allí viene el Ángel de la Muerte, viene acompañado de esos enormes cornudos con cara de búfalos; sabía que no me dejarían ir al Paraíso así como así. Solo espero que el Creador envíe a sus mejores ángeles para esta batalla por mi alma.

2 comments on “Declaraciones de un Cazador.”

  1. ¡Bravo corazón! En pocas líneas te metes de lleno en la historia y en la piel del protagonista. Un desarrollo perfecto y un personaje muy bien descrito en tan pocas líneas. Por mi parte…¡ya quiero leer más historias de Craig Romero!!!!

    1. Janna Bolriv dice:

      Gracias Toni 😀 la verdad es que también me ha gustado Craig Romero, y es un personaje que se dejaría usar para una historia más larga quizás una novela !!! Besossssss

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