El Ciénablo – un lugar que no querrás conocer.

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Una pequeña aeronave volaba inusualmente cerca de la densa vegetación selvática, meneándose de un lado al otro con un suave movimiento, a una velocidad pausada. Mientras los hermanos, Itatí y Tupac se encontraban en el río sobre una pequeña embarcación construida con troncos de árboles.

—Mira Itatí —dijo Tupac, extendiendo su mano derecha hacia la ubicación del aeromotor—. Es una de las aves gigantes. Parece que va a bajar por allá—. Vociferaba entusiasmado. Su fascinación por ver de cerca una aeronave la llevaba desde siempre.

—Se llaman avionetas hermanito. —Lo corrigió Itatí con aspereza—Esas personas nunca vienen a estas tierras para algo bueno. Aunque… estos como que tienen problemas—dijo ella mientras arrugaba el entrecejo y formaba una visera con su mano izquierda. Se mantuvo  siguiendo con los ojos la trayectoria de la avioneta mientras ésta descendía.

La avioneta se escondió entre la compacta arboleda hasta desaparecer de la visibilidad de los hermanos, quienes al cabo de unos segundos vieron como ascendía una estela de humo blanco a unos seiscientos metros de ellos.

—Tupac ¿Viste que cayeron en el Ciénablo? —dijo Itatí espantada. Su corazón latió rápido entre sus pequeños pechos descubiertos y el manojo de collares apilados en su cuello.

—Si Itatí, tienes razón. Están en el Ciénablo. Quizás sus dioses se olvidaron de ellos, pero nosotros no podemos ayudarlos—afirmó, para enseguida inclinarse hacia adelante con el arco apretado y la flecha tensada sobre las cristalinas y tranquilas aguas del río. Esperando que algún pez cruzara por su ángulo de alcance para disparar.

—O tienen lo que se merecen por destruir nuestra “Madre Selva” —Reflexionó. Se volteó a mirar a  Tupac, y dejó a sus espaldas la avioneta accidentada.

El asentamiento de la tribu quedaba río abajo, bastante distanciado, y ellos sabían que nunca debían acercarse al Ciénablo. Jamás.

Mosqueda, quien era piloto desde joven ahora se dedicaba a vuelos chárteres, fue impulsado por una fuerza que no entendió hasta después, a que descendiera sobre un terreno baldío con una amplitud similar a la mitad de una pista aérea.

Cinco minutos antes del peligroso aterrizaje los dos pasajeros a bordo: Amparo y Rodrigo, habían fotografiado el impresionante espacio ubicado en medio de los cientos de árboles amazónicos, percatándose que éste describía la silueta de una cabeza con cuernos.

La avioneta descendió quedando con las llantas y el ala derecha atascadas en el negruzco lodo. El motor tiraba abundante vapor blanquecino como si se hubiese forzado para el aterrizaje sin embargo no se estrelló ni había fuego.

—Demonios Mosqueda ¿qué sucedió?—gritó Rodrigo. Mientras revisaba a su esposa. Aún permanecían dentro de la avioneta. Amparo se sentía aturdida y Mosqueda golpeaba la portilla para salir.

Eran las 17 horas, y la oscuridad ya arropaba el interior de la selva.

—No lo sé. Fue como si la avioneta bajara sola, yo no podía detenerla. Créanme. Ahora debemos salir de aquí por seguridad —dijo Mosqueda consternado, quien no podía controlar el temblor en sus piernas.

—Cálmense, estamos vivos que es lo importante —intervino Amparo con clara falta de aire, y dolor. Tenía un golpe en su la clavícula derecha.

Mosqueda logró abrir la puerta corrediza, acto seguido dio un salto hacia fuera sin vacilar, sus pies se deslizaron yéndose de espaldas y embarrando su pulcro uniforme.

—Cielos, estamos en una ciénaga —les dijo preocupado al ponerse de pie. Era evidente que la avioneta ya no podría despegar—. Apresúrense. Deben salir cuanto antes —posando sus manos entrelazadas en la nuca.

Mosqueda incomodo miró sus pies y sus pantorrillas estaban sumergidas en la blanda y fétida tierra. Debía forzar sus músculos al sacar un pie y luego otro. «Me quitaré las botas, ya no puedo con ellas» dijo para sí. Avanzó hasta la hélice, situándose frente a ésta.

Amparo y Rodrigo bajaron con lentitud, al tocar el suelo fueron succionados hasta las rodillas por el espeso lodo. Empezó a entrar agua al terreno como hilos imperceptibles que ellos notaron cuando fue demasiado tarde.

—Tenemos que salir de este maldito lodo Mosqueda. Algo afilado está cortando mis piernas —. Lo mismo empezó a sentir Amparo unos minutos después. El clima caluroso y húmedo al que no estaban acostumbrados obligó a los esposos de procedencia canadiense a vestir ligero.

—Muévanse hacia mí. Quizás estemos sobre alguna vegetación desconocida.

Empezaron a sentir las piernas atadas. Media hora después estaban exhaustos y no se habían alejado ni treinta metros de la avioneta. Atónitos vieron como la aeronave era halada por la ciénaga rápidamente ¿Qué era aquella fuerza? ¿Qué horror se escondía debajo? Ya lo iban a descubrir.

Amparo gritaba desesperada: «Moriremos, Santo Dios.». Doscientos metros más de fango estaban entre ellos y la arboleda.

La noche caía vorazmente y solo un par de linternas guiaban su jadeo bajo el negro cielo. Caminaban en fila, Mosqueda delante y Amparo en el medio, cuando el alarido de Mosqueda los detuvo.

—¿Mosqueda dónde estás? —gritó Rodrigo mientras su mujer sollozaba.

Un manojo de tentáculos gelatinosos y cristalinos, que brillaban con el tembloroso rayo de luz de la linterna de Rodrigo, había levantado al piloto a más de tres metros y luego de un tirón lo empotró de cabeza en la ciénaga.

A esa hora aún no habían sido reportados como desaparecidos.

La avioneta y Mosqueda sucumbían bajo la “Ciénaga del Diablo”, y pronto la aterrada pareja también lo estaría.

Itatí y Tupac agradecieron a la “Madre Selva” por los peces que les había regalado ese día, y pidieron por protección para ellos y el resto de la Tribu. A las 17:30 horas emprendieron su retorno a casa llevados por la corriente del río, sin volver su mirada más.

 

2 comments on “El Ciénablo – un lugar que no querrás conocer.”

  1. Hernan Jose Henriquez dice:

    Magistralmente descrito esta tu relato amiga.
    Se puede visualizar a la aeronave planeando y a los indigenas siguiendo su trayectoria.
    ¿Que misterios aguardan en esta selva, que hasta los indigenas le temen? ¿Plantas carniboras, con una fuerza magnetica capas de succionar aves, hasta un aeroplano?
    La historia seria ideal para el proyecto del arco minero de guayana cuando las empresas comienzen a depredar los ambalse de agua y hacer ecocidios con el ambiente. Aparesca una planta asi, y haga justicia a la ambicion del hombre por la riqueza que es de todos, demostrandose el verdadero rostro de la explotacion minera.

    1. Gracias Hernán, pues quise dejar mucho a la imaginación de cada lector . Me parece muy interesante. Claro sin decepcionarlos con el final. Espero no haberlo hecho. 😀 si ese tema es muy interesante, las minas ocultan mucho y valdría la pena hablar de ello.

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