El Recetario de Panellets.

 

 

Esta imagen pertenece a Overdeliver.

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En Cataluña lugar donde nací, todo el vecindario se pintaba de naranja y negro, dispuesto para el truco o trato, y la Castañada; el brillo neón de la muchedumbre de calabazas colocadas en los jardines era enceguecedor.

Cuando tenía siete años, mi madre y yo, cocinamos un banquete de dulces para esa tan esperada noche de los Santos Difuntos. La calle estaba impregnada con el aroma a castañas asadas y panellets aún en el horno. Pero como mamá no me dejaba probarlos, pues decía que eran para la noche, robé algunos y me oculté bajo la mesa del comedor. Estaban exquisitos, sin duda eran los mejores de toda Cataluña, y no lo decía solo yo, esa semana mamá se había ganado un premio en un programa de TV gracias a sus recetas de panellets.

Escuché el timbre y rápidamente miré a través del delgado espacio entre la mantelería negra y el piso. Mamá se dirigía taconeando hacia la puerta. Cuando abrió, un par de botas con las puntas de metal, que sobresalían de un pantalón decolorado, avanzaron hacia adentro. Recuerdo que la voz de aquel invitado sonaba como la reproducción de una grabación distorsionada, al tiempo que mamá se negaba a alguna petición que él hombre le hacía, pero nunca pude descifrar las palabras, como si fueran en otro idioma. Luego ella corrió y gritó desgarradoramente: «No». Vi que sus pies se suspendieron. Mucha sangre rodaba por sus tobillos y manchaba el piso. Durante unos segundos los pies de mi madre se movieron temblorosos, hasta que el hombre la dejó caer, sin vida. Se me secó la garganta y las lágrimas me borboteaban. Me quedé en silencio mientras el asesino con pisadas amplias y firmes se dirigía hacia la cocina. Escuché que arrojaba los utensilios y golpeaba los cajones. De regreso se detuvo tan cerca de la mesa que pude oír el ronquido de su respiración, y un extraño sonido: ¡Papeles siendo agitados! Luego rió con júbilo de camino a la puerta y desapareciendo de mi vista.

El Halloween solo trae fantasmas que cubren mis pensamientos. Lo único que el asesino se llevó de nuestra casa, fue aquel libro de recetas de panellets de mamá.

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