Pedazos irreparables.

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Julieta era enfermera y su esposo Franco cirujano plástico; pertenecían a una clase acomodada. Él era diez años mayor, se habían conocido en una clínica cuando ella realizaba sus pasantías. El noviazgo avanzó rápido y contrajeron ´nupcias al cabo de algunos meses.

Franco pasaba el día en la clínica, y algunas veces también las noches. Viajaba al exterior para participar conferencias, por otras cuestiones inherentes a su profesión, y las pocas horas que estaba en casa con Julieta y sus hijos, solo les causaba heridas sicológicas y físicas.

Ella no salía de casa más que para lo referente a la escuela y actividades de los niños. Desde que inició su vida matrimonial no había conseguido empleo gracias a que su esposo usó sus influencias para que ninguna clínica le diera un puesto. Cuando nació su primer hijo, él le decía que solo las malas madres trabajaban dejando a sus hijos al cuidado de terceras personas. Le tenía prohibido visitar a su familia a solas, o recibirlos en el departamento sin que él estuviese. La última vez que ella lo desobedeció, la encerró cinco días en su habitación, dejándola suplicar, sin comida ni agua. Su hijo Manuel tenía tres años de edad en ese momento, y su hija Ana ocho meses.

Antes quedar embarazada de su hija, había perdido un bebé de cinco semanas de gestación y en lo hondo sentía que la culpa la acuchillaba. Se repitió incontables veces «No debo embarazarme. No debo embarazarme» pero ocurrió, y no lo supo hasta que la soleada mañana de un sábado, el marido la obligó a limpiar todo el piso del departamento con cepillo, agua y jabón, mientras la rondaba portando una correa: «Con esto aprenderás a ser mejor ama de casa, ya me lo agradecerás en un futuro. Y no me mires así, si hago esto es porque te amo demasiado». Tenía calambres abdominales, estaba pálida, y él le azotaba el trasero para que no se quejara, y le decía «Eres una floja». La sangre le corrió por las piernas a borbotones y él decepcionado, pues se le había acabado el placer de hacerla sufrir, la sujetó por el brazo para llevarla al hospital, donde le mostró un amor falsificado ante los médicos y demás presentes.

Ella se quedaba callada y actuaba lo más sumisa que podía. En el informe del doctor quedó registrado que Julieta poseía marcas rojizas en las pompis y fue abierta una investigación policial que no fructificó. Franco la amenazó con quitarle a los niños si lo denunciaba. Entre los gritos y las  bofetadas, le dijo que iba a tener que convertirse en prostituta para sobrevivir, porque la dejaría sola y se encargaría que no encontrara empleo.

Después de dos años más resistiendo la lluvia de maltratos, Julieta se consiguió un abogado para que le cambiara los nombres a ella y a sus dos hijos. Una noche en que él se encontraba viajando tomaron un bus en el terminal de la ciudad, y seis horas más adelante se bajo en otra ciudad en la que compró un vehículo clandestinamente.

A pesar de la distancia, no desaparecieron jamás las profundas heridas que su esposo les había hecho. Aunque  con los años las memorias infantiles de sus hijos se fueron borrando al punto que ya ni recordaban el rostro de su padre, sufrían de nerviosismo, inseguridad, problemas para confiar en la gente, para encontrar el amor, para independizarse. Por muchos años padecieron de pesadillas y falta de sueño. Julieta vivió con el constante con miedo de que un día, frente a su puerta, llegase a aparecer aquel hombre de semblante inexpresivo, ojos negros que irradiaban ira y nariz delgada y afilada. El temor solo se fue el día en que su alma se despegó de su carne para ir al descanso eterno.

4 comments on “Pedazos irreparables.”

  1. Hernan Jose Henriquez dice:

    Gracias amiga, es un triste relato que enseña y que permite que nos identifiquemos para cuando tengamos nuestras experiencias se reflexione y entendamos que la mujer es para respetarla y amarla. ¿Que amor puede ser ese de maltratos? ¿Sera que este hombre tambien fue maltratado? ¿Viene de una familia inestable, donde observo cuando su padre maltrataba a su madre? Es lo que creo, y todavia sigue sucediendo.

    1. Asi amigo, como escritores podemos siempre dejar algo para reflexionar y eso una parte hermosa de nuestro oficio.
      Seguro los hombres que maltratan y hasta asesinan a sus parejas e hijos deben venir de un grave problema pasado y que luego se ve reflejado. Es muy triste estas cosas pero suceden todos los dias a cada segundo en nuestra sociedad y hay que pararlas.
      Un abrazo amigo

  2. Iván dice:

    Ug…

    Vaya final.

    Bueno… estás cosas suceden. Sí, que suceden por ahí… en muchos lugares del mundo.

    Una historia triste.
    Pero, toca una realidad del hoy… y de mucho tiempo. Creo… que desde siempre. Desde que el mundo es mundo.

    Gusto de leerte.

    Que tengas buen día.

    ***

    1. Janna Bolriv dice:

      Así es Iván, ug una historia real entre muchas que hay alrededor del mundo.
      Gracias por leer. Un feliz día para ti también 🙂

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