Risas en espera

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La puntiaguda y monumental barriga de Rebeca Fred, tropezaba con todos mientras se desplazaba por el angosto pasillo del transporte público. Por más que se inclinara o esquivara sin éxito a cada persona, como si fuera una jugadora de fútbol escapando con el balón, siempre terminaba ofreciendo disculpas a seis u ocho personas antes de bajar. Las personas fruncían el ceño, pero luego que miraban el formado bebé que venía en camino, olvidaban el asunto.

Con ocho meses de embarazo prefería mantenerse tan activa como lo permitiera su estado.

Sonrió al pisar la acera con sus sandalias descubiertas, planas y con tres tiras blancas que le abrazaban los hinchados pies. A su mente voló el recuerdo de sus tres primeros meses cuando allí mismo, cada día que regresaba del trabajo y bajaba del bus, soltaba sobre el cemento un incontenible vómito; conjeturaba que la gente decía:

«Otra vez la vecina borracha. ¡Qué sin vergüenza es!»

Para ese entonces su novio y ella aún no vivían juntos, pero el positivo en la prueba de embarazo fue la lazada más certera que le había echado el destino.

Ella no se adaptó tan pronto a llevar aquella gigantesca cuchara boca abajo sobre su abdomen, lo que le dio al primogénito sus primeros sacos de boxeo: el lavamanos, el fregadero, la puerta de la nevera y del ropero, por nombrar algunos.

Un día cuando tenía ya los cinco meses aguardaba el ascensor para ir hasta su oficina ubicada en el décimo piso. Detrás de ella quince personas hacían una cola por el mismo motivo, presos del silencio y la pereza matutina, pero el mutismo se esfumó con los sonoros pedos de Rebeca, seguidos de las carcajadas del grupo. Un repentino calor le subió al rostro. Se sujetó con ambas manos su pancita y se disculpó con una sonrisita nerviosa. De ahí en adelante sus atrevidos gases siguieron escapándose por todos lados. Una noche su novio la pilló medio dormida en lo que parecía una balacera entre las tropas del ejército, e intentando hacerse el dormido apretaba los labios y los ojos. Luego que ella repitiera la tonada, él no pudo más y rió sin contenerse.

Otro momento perdurable en su memoria, ocurrió en un restaurante de comida china al que fue para quitarse un terrible antojo. Rebeca sintió que el pis le hacía peso en la vejiga, pero de igual manera pospuso su ida al baño. Minutos después estornudó tan estrepitosamente que un chorrito le mojó el pantalón. Se quedó tiesa mirando a los lados mientras el líquido amarillo se esparcía por sus nalgas. Luego se llevaba a todos sus paseos un par de pantaletas adicionales.

Caminó pausadamente bajo los nubarrones movidos por el ágil viento de esa tarde, convencida que en los siguientes días de su dulce espera las sonrisas continuarían acompañándola.

3 comments on “Risas en espera”

  1. Hernan Jose Henriquez dice:

    Como olvidar aquella triste despedida y sus meses de embarazo. No tuvo porque suceder, si tanto se hiso para que no sucediera. ¿Como sucedio, acaso en una borrachera? Aun puedo verla y como se alejaba aquel muelle que atormenta. EN MI MENTE REPETIA, VOLVERE, VOLVERE. Me pregunto, que paso.
    No quiero pensar que me esperaria en ese muelle todos los dias. Me atormenta escuchar la cancion de MANA la loca del muelle de san bla. Aunque sufra este tormento me queda su recuerdo, el barco ya partio.

  2. KMarce dice:

    Las verguenzas de las embarazadas, son una cómica anécdota para contarle al retoño.

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