Treinta Días Muriendo (PARTE 2).

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—Muy bien vecino—respondió Nina para luego devolver la vista al chico tatuado. Examinándolo.
—¿Le asusta mi tatuaje? —pronunció el dueño de la perturbadora imagen.
Nina no titubeó en su respuesta. Ella solo quería saber que significaba, y que mensaje ocultaba, pero no tenía miedo.
—No. Es curiosidad. ¿Qué significado tiene? ¿Por qué lo traes?.
—Se refiere a algo muy personal y oscuro. Creo que no es de tu incumbencia nena.
Ella no se podía quedar con la duda. Ese joven tendría que responderle así tuviera que pagarle un millón de dólares.
—Vamos Larry, ¿qué tan privado puede ser un tatuaje que está a la vista?. Y tu vecina, ¿Por qué tanta curiosidad? —intervino el vecino de Nina.
—Lo que sucede vecino es que yo…—Nina no podía decir lo de su contrato, sería ridículo, seguro no le creerían. De igual forma lo dijo—. Tengo un contrato con La Muerte.
Hubo un silencio, y luego el joven delgado soltó una risa muy burlona. Larry la examinó y le dijo:
—Está bien. Búscame mañana a las siete de la noche en mi tienda de tatuajes “Dimensiones” —dándole una tarjeta con la dirección.
Ella se despidió y tomó el ascensor, imaginando que tal vez su suerte podía mejorar de alguna forma menos convencional. Aunque nada de lo que le estaba pasando era convencional.
Llegó a su apartamento. Carlos estaba de pie junto a la puerta, la estrechó fuerte entre sus brazos. Quizás ella era más valiente que él, pero él seguía sintiendo que su deber era protegerla.

***

Las pocas horas que faltaban para que se asomase el sol por única y amplia ventana de su apartamento, Carlos las estuvo sufriendo, mientras Nina, acurrucada junto él, dormía hundida en la almohada. La luz de una lámpara sobre la mesita de noche, alumbraba escasamente el lugar, hasta un poco menos de unos centímetros de la cama. Se empezó a imaginar a La Muerte observándolos, escrutando sus movimientos, a toda hora. Se rascaba la cabeza, la masajeaba y tiraba de sus cabellos. No tenía como impedirlo.

Nina abrió los ojos cuando los destellos del astro solar aparecieron en la habitación, y miró a Carlos encogido, semi sentado en su cama, con la cabeza tirada de un lado, en una posición muy incómoda.

Le recordó aquellos días en que vivía con sus padres. Su madre se quedaba dormida junto a ella, con su libro de turno entre las manos, abrazado a su abdomen, y los anteojos de lectura resbalándosele de la cara, solo por vigilar los sueños de ella cuando se enfermaba. Volvió a lamentarse con la misma pena de siempre, el que ahora su madre no estuviese entre los vivos para acompañarla en la dura prueba que enfrentaba.

Se propuso enderezar a su novio y arroparlo, en cámara lenta colocó la palma de la mano derecha sobre el rostro de él, suave como una caricia de una pluma, pero a mitad de la tarea Carlos se sacudió, asustado, como si la cama se hubiese convertido en una brasa. Ella se quedó tiesa con las manos en alto. Esperando.

—Nina perdón, estoy bastante sugestionado con todo esto—. Se sentó en la cama, y se estrego con sus manos la cara.

—Sí esto nos puede terminar desquiciándonos. Yo solo dormí un poco también—dijo ella, pero no fue nada creíble.  Carlos la miró sonriendo con toda su dentadura.

—¿Qué haremos hoy en tu defensa?

—Creo que alguien puede ayudarnos—. Agarró su bolsa de la mesita de noche, sacando de ella la tarjeta que le había dado Larry.  Nina tenía la certeza de que hallaría respuestas en ese tatuaje—. Iremos a las siete de noche.

Carlos leyó con detenimiento la tarjeta.

—Éste lugar es cerca de aquí. Una vez quise hacerme un tatuaje con tu nombre, pero luego me eché para atrás—Nina casi moría de risa— cuando vi que las agujas no eran amigables.

—Lo que infringe dolor nunca es amigable amor. Prefiero que te tatúes mi nombre en tu corazón.

Se llenaron de besos sobre la cama por algunos minutos, hasta que Nina empezó a incomodarse con aquel dolor que se mantenía en un silencio intermitentemente. Hizo un gesto que ya Carlos conocía como si fuera su mismo dolor. Bajó de la cama con premura, y caminó a pasos largos hasta el pequeño baño color verde agua con decoraciones en forma de arabescos dorados que subían desde la parte media de las paredes, extendiéndose hasta el techo. Junto a la puerta, se erigía un estante de madera blanca con tres tramos, dónde guardaban variedad de frascos, cajas de cápsulas, comprimidos, jarabes, jeringas y utensilios de enfermería. Del primer tramo agarró un frasco grande, de vidrio oscuro, que contenía pastillas blancas del tamaño de una almendra.

Regresó hasta Nina y le dio a tomar un par. Ella tragó una detrás de la otra, con dificultad, junto con varios sorbos del agua que tenía junto a la mesita de noche, arrugando el rostro.

—Nina, mientras llega la hora de hablar con ese tal Larry, preparemos un plan para salir de la casa reduciendo al mínimo las  posibilidades de que mueras.

Carlos tenía en mente trazar las líneas de un plan que mantuviera a salvo a su novia. Aunque nadie estaba a salvo de una amenaza hecha por la misma Muerte.


Ver también:

4 comments on “Treinta Días Muriendo (PARTE 2).”

  1. Vera dice:

    Uf, la muerte observando y esperando para dar el zarpazo, qué angustia.
    Sigo leyendo! 🙂

    1. Así es Vera, y ya no tarda en darlo! :O

  2. Hernan Jose Henriquez dice:

    Nina estaba tan desquiciada la pobre, que ya no le importaba ocultar lo que sentia con tal de buscar ayuda donde sea para salvar su vida.
    Pensar en la muerte nos hace sufrir. Mejor es combatirla gozando la vida, en el canto, el baile, y escribiendo en mundo de relatos.
    Hernan.

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